Domesticar el tiempo

Como todas las cosas elementales, muy al principio el tiempo se hallaba en estado silvestre; libre y montarás, transcurría impetuosamente devorando todo cuanto había en el universo: piedras y agua, plantas y animales, soles y planetas. Como en un parpadeo, el tiempo tragó eras geológicas, sucesivas glaciaciones, evoluciones y exterminios generales; con la natural simpleza de las fuerzas irracionales, el tiempo levantó y luego arrasó culturas y civilizaciones, ciudades e imperios, credos y leyendas.

El ser humano comenzó a preocuparse por el tiempo al sentirse arrastrado por un caudal de días y de noches que lo conducían irremediablemente a la muerte. La conciencia de esta sucesión inquebrantable lo obligó a lanzar una campaña de conquista, quizá la primera gran epopeya de la antigüedad: la especie humana se propuso domesticar el tiempo.

Para someter a esta destructiva criatura, el ser humano comenzó por venerarla y consagrarla en amplios altares presididos por el Sol. El tiempo encarnó así en un grotesco Dios de piedra cuyo secreto nombre fue revelado sólo a los sacerdotes. A fuerza de humildad y devoción, de crueles flagelaciones y prolongadas vigilias, se alcanzaron las primeras concesiones: el tiempo dejó de ser una iracunda fuerza impredecible para convertirse en una deidad que transcurría en torno a misteriosos ciclos registrados en libros sagrados.

Pero esa deidad no conocía la misericordia y su insaciable sed continuó azolando a los hombres, generación tras generación. Entonces el culto al tiempo se complicó en elaborados rituales y onerosas ofrendas que sólo alimentaron rebeliones y herejías; los templos fueron profanados y sus altares saqueados, sus símbolos fueron olvidados. El tiempo regresó al caos de lo innombrado y su fuerza, nuevamente, se volvió contra los hombres.

La memoria de  aquel fallido pacto con el tiempo se perdió entre los siglos y surgieron nuevas tentativas para someterlo, a cual más audaz y temeraria. El hombre especuló en la eternidad, que es la convergencia de pasado, presente y futuro; imaginó un tiempo navegable como un río que fluye en distintas direcciones; concibió tiempos paralelos con realidades paralelas; y dio forma al instante, entidad de tiempo que escapa a la sucesión. Con estas refinadas fantasías pretendió enfrentar los embates irreversibles del tiempo, pero todo esto no fue más allá de un gesto romántico; en realidad, el tiempo continuaba devorándolo todo.

Después intentó sitiarlo y parcelarlo como a los dominios terrestres; se impuso una rigurosa medición y a cada fragmento se le asignó un nombre. Se había descubierto que el tiempo encerraba en sí mismo pequeñísimas partículas que, sumadas interminablemente, daban aliento a su poder destructivo. Siguiendo la simple máxima de divide y vencerás, el hombre se lanzó a la conquista de esos minuciosos reductos.

Fue así como ocurrió la invención del reloj, notable sofisticación del afán humano por fragmentar y contar el tiempo. Fueron esas herramientas, y la incansable especulación de los hombres, las que impulsaron  nuevas tentativas de conquista: se descubrió que el paso del tiempo no es inquebrantable, que el efecto de ciertos fenómenos como el movimiento y los campos gravitacionales lo perturban y distorsionan. Se comprendió al fin que el tiempo no es una voluntad inexorable como aseguraban las antiguas profecías, sino una sustancia flácida y maleable que el hombre podría moldear a su conveniencia.

Pero la lucha con el tiempo no ha terminado, más bien se ha diversificado y adoptado formas extravagantes: algunos quieren ganar tiempo, otros quieren matar el tiempo y otros, acaso más osados, le dan tiempo al tiempo. Ahora, en cualquier parte del mundo pueden verse hombres y mujeres, reloj en mano, custodiando su tiempo doméstico. Quizá en vano porque, como dijo algún poeta, en esencia somos criaturas del tiempo.

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